Inosente Alcudia Sánchez
Vivo en un intrincado laberinto. A veces lo pienso parecido a una colmena; pero no, la imagen no refleja el desordenado crucigrama que un día, sin advertirlo, se convirtió en mi morada. Y es que es difícil asimilar cómo una casa común y corriente se torna en un confuso amasijo de paredes, puertas y salones. Habitar un laberinto no es cualquier cosa. Uno tiene que estar siempre atento, listísimo para no extraviarse en lo que simula ser un juego de espejos en movimiento.
Por eso dejé de hacer convites hace años. “Aquí solo pueden andar gentes con intuición superior”, me digo, para consolarme por las amistades que se ausentaron, intimidadas por este revoltijo de carne con madera, como cantaría Silvio. Y es que tuve visitas que se perdieron en el patio y, aunque afortunadamente pude rescatarlas antes de que explotaran en arranques de histeria, desde luego que no volvieron después de ese susto. Así, con el tiempo se fueron mis amigos y mis familiares, hasta que un día me descubrí solo y extraviado, buscando la manera de acoplar las partes de este rompecabezas en que se convirtió mi vivienda.
Hace tiempo, entonces, que ocupo esta casa indescifrable que en el pasado fue un hogar con escaleras, recámaras, baños, cocinas, salas y patios que se encajaban como si fueran piezas de un lego monumental y donde cada amanecer era el inicio de un nuevo juego luminoso. Pero, eso fue antes. A mí me ha llegado a pasar que no consigo descifrar la maraña en la que despierto y, en esos casos, con la resignación de haber perdido una partida de dominó, aguardo a que el día me asigne nuevas fichas. Claro, alguno dirá que bastaría con tirar un hilo que me condujera con certeza, pero no funcionaría: este laberinto se renueva a diario e, incluso, hasta más de una vez por jornada.
Ha pasado, por ejemplo, que salgo temprano a hacer mis mandados y cuando vuelvo entrada la noche, el enredo es distinto al que desentrañé; y tengo que aplicarme para descifrar el nuevo crucigrama hogareño. Encontrar, desde adentro, la puerta de la casa es una tarea que me demanda un esfuerzo especial, por lo que he reducido a lo indispensable mis incursiones al exterior. Para optimizar mis salidas, junto varios pendientes domésticos –comprar la despensa, pagar el recibo de la luz- y aprovecho para andar las calles de mi barrio. Este es uno de los pocos placeres que me permito: recorrer la cuadrícula de casas descascaradas por el salitre, aspirar la brisa tibia que llega del mar.
Me ha crecido la barba y uso la ropa pasada de moda que adquirí hace años. Quizás por eso, igual que los espíritus que se resguardan dentro de las casonas a medio caer, camino desapercibido para los demás transeúntes. Y es que he encontrado a viejos amigos que pasan junto a mí como si no existiera. Incluso, en ocasiones, hemos cruzado miradas, pero ellos parecen no verme. Yo no me atrevo a hablarles, un poco por vergüenza. Me daría mucha pena que negaran conocerme o que se asustaran con mi aspecto estrambótico. De todos modos, creo que me estoy volviendo una especie de anacoreta porque cada vez gozo más los paseos solitarios, oculto tras de la apariencia de un indigente.
También, disfruto mi laberinto. Después de agotarme andando las callejuelas empedradas, oscurecidos los callejones solitarios, siento una emoción especial al regresar a casa. Me entusiasma abrir la puerta y entrar a un lugar desconocido, a una estancia totalmente distinta de la que salí horas atrás. En la penumbra tanteo las paredes hasta dar con el interruptor eléctrico. Se hace la luz y observo, entonces, que todo está en orden, es decir, que quién sabe qué prodigio ha vuelto a revolver las cosas y tengo que apurarme a descubrir los secretos de esa nueva casa, laberíntica, con libros nuevos y obras de arte desconocidas… Es mi morada poblada de sueños, olvidos y recuerdos, donde nunca faltan las lagartijas ni el miedo, cada vez más insistente, de algún día no hallar la salida.


