17 abril, 2026

Dzibilnocac: la bóveda pintada que revela el poder y arte de los mayas

Este sitio arqueológico en Campeche, explorado desde el siglo XIX, guarda vestigios únicos de arquitectura, pintura y simbolismo que lo posicionan como una de las joyas de la región de Los Chenes

SERGIO MASTÉ

En lo profundo de la región de Los Chenes, en Campeche, emerge Dzibilnocac, en la comunidad de Iturbide, a poco más de 130 kilómetros de San Francisco de Campeche, una antigua ciudad maya cuyo nombre —“Bóveda Pintada”— resume la riqueza artística que aún resguarda. Redescubierta en el siglo XIX por exploradores como Frederick Catherwood y John L. Stephens, y documentada posteriormente por Teobert Maler, este sitio ha fascinado por sus detalles arquitectónicos y su valor histórico. Sin embargo, su verdadero esplendor se remonta al periodo Clásico Tardío, entre los años 700 y 900 d.C., cuando se consolidó como un importante centro político y religioso con influencia regional. Construida sobre una amplia planicie, la ciudad presenta un diseño urbano ordenado, con patios y plazas interconectadas que reflejan una clara estructura social: en el núcleo habitaban las élites —gobernantes, sacerdotes y mercaderes—, mientras que en la periferia se distribuían los asentamientos comunes.

El crecimiento de Dzibilnocac fue posible gracias a la fertilidad de su entorno, que desde el 500 a.C. permitió el desarrollo agrícola y el establecimiento de una sociedad cada vez más compleja. Con el tiempo, la ciudad se convirtió en una capital regional que ejercía control político y económico sobre territorios cercanos, recibiendo tributos y concentrando poder. Su edificio más emblemático, la Estructura A-1 o Edificio de las Tres Torres, sintetiza su grandeza: una construcción de 74 metros de largo con torres de hasta 17 metros de altura, decoradas con mascarones del dios Chaac y elementos que evocan al monstruo de la tierra, asociados a Itzamná. Esta arquitectura, propia del estilo Chenes con influencias del Río Bec, se complementa con interiores que albergan tapas de bóveda finamente decoradas con pinturas murales de estilo códice, donde el dios K’awiil aparece como símbolo de abundancia, rodeado de maíz y cacao.

En su época de mayor auge, Dzibilnocac abarcó al menos un kilómetro cuadrado y contó con su propio glifo emblema, colocándose a la altura de grandes ciudades mayas como Calakmul o Palenque. Sin embargo, hacia el año 1000 d.C., su poder comenzó a fragmentarse, dando paso al abandono progresivo del sitio. Hoy, aunque solo una parte de sus estructuras ha sido explorada y restaurada, el lugar conserva estelas, columnas e inscripciones jeroglíficas que aún esperan ser descifradas. Entre montículos cubiertos por la selva, Dzibilnocac permanece como un testimonio vivo del ingenio, la espiritualidad y la complejidad de la civilización maya, recordando que bajo la tierra del sureste mexicano aún laten historias milenarias por descubrir.

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