18 abril, 2026

Los reyes del sindicato y su trono vitalicio – TECNOPOLÍTICA GEEK

@_Chipocludo

En los pasillos de muchas oficinas, hospitales, talleres o dependencias públicas, hay una frase que se repite como eco: “Aquí no cambia nada, siempre son los mismos”. Y no es exageración. En muchos sindicatos, los líderes se aferran al puesto como si fuera trono real, sin convocar asambleas, sin escuchar a la base y tomando decisiones entre unos pocos que se reparten el poder como si fuera herencia familiar.

Mientras tanto, abajo se respira un aire pesado. Están los que no levantan la voz porque ya recibieron su plaza o un favor del sindicato, y saben que, si se ponen en contra, pueden perder privilegios o hasta el empleo, otros sí quieren cambios, pero sienten que son tan pocos que sus protestas se pierden en el viento y para rematar, cuando se convoca a marchas o asambleas, la asistencia es mínima (a escondidas), unos no creen que sirva de nada, otros no quieren problemas, y muchos están resignados a vivir con lo que hay.

Esa desunión es justo lo que mantiene a los líderes eternos en sus sillas. Es el clásico “divide y vencerás”: un grupo callado porque recibe beneficios, otro que pelea, pero no logra sumar apoyos, y otro que ni participa. El resultado: más de lo mismo. La corrupción crece como humedad en pared vieja: despacio, silenciosa y difícil de quitar si no se ataca a tiempo.

Y ojo: la fuerza de un sindicato no vive en la oficina del dirigente, vive en la base. Son los trabajadores quienes pagan las cuotas, llenan las marchas, sostienen las asambleas y le dan vida a esa estructura. Sin la base, el líder no es más que una persona con un cargo vacío.

El problema es que con el tiempo se normaliza que las cuotas “muertas” sigan cobrando de trabajadores que ya ni existen, que las plazas ficticias se vendan como si fueran boletos para un concierto, o que las guardias fantasmas cobren sin trabajar. Todo eso sucede porque nadie exige claridad, porque no hay vigilancia interna y porque se ha instalado la idea de que “nada se puede hacer”.

Pero sí se puede. La historia laboral en México tiene momentos donde la presión desde abajo obligó a cambios reales: líderes que parecían intocables fueron removidos, contratos corruptos fueron cancelados y elecciones internas dejaron de ser puro teatro. Eso no pasó por milagro, pasó porque la base dejó de estar dividida.

Un sindicato fuerte no se construye con aplausos a los de arriba, sino con participación de los de abajo y participar no significa gritar todos los días o marchar cada semana, significa aparecer todos juntos el día que importa, votar en bloque cuando hay elecciones, exigir cuentas claras y no dejar que las decisiones se tomen a puerta cerrada.

La apatía es el mejor aliado de los que quieren que todo siga igual. Cada trabajador que piensa “para qué me meto” es un voto menos para el cambio. Cada grupo que se pelea con otro en lugar de sumar fuerzas, le está haciendo el trabajo fácil a los que se aferran al poder.

La unión no es solo un discurso bonito, es la herramienta más temida por quienes llevan años decidiendo sin rendir cuentas. Un líder que siente a toda la base observando, preguntando y exigiendo, deja de sentirse intocable. Y si no cambia, se cambia.

Porque ningún trono sindical es eterno cuando el piso lo mueven cientos de pies al mismo tiempo. Y ese movimiento empieza cuando la base se acuerda de algo que a veces se olvida: unida, puede más que cualquier dirigente.

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