18 abril, 2026

Asesinos seriales bajo la sombra – TECNOPOLÍTICA GEEK

@_Chipocludo

En el imaginario colectivo, el asesino serial es un personaje de ficción o un fenómeno extranjero. Sin embargo, en el Cancún de 2026 esta figura ha mutado para mimetizarse con el paisaje de la narcoviolencia. Mientras el discurso oficial se empeña en vender una narrativa de seguridad basada en el descenso de homicidios dolosos, la tierra en las periferias de la joya turística comienza a hablar. 

La proliferación de fosas clandestinas y el hallazgo recurrente de restos en zonas como Bonfil y la Ruta de los Cenotes sugieren algo más que simples “ajustes de cuentas”. Estamos ante una evolución delictiva donde la impunidad ha permitido que individuos y células criminales adopten patrones de asesinos seriales, utilizando la desaparición como su principal herramienta de ocultamiento. En este escenario, la máxima criminal es aterradora: si el cuerpo no aparece, el asesino no existe.

La línea que divide al sicario del asesino serial se ha vuelto casi invisible en Quintana Roo. Si bien el sicario mata por encargo o control territorial, la recurrencia y el modus operandi observados en detenciones recientes como las de sujetos vinculados a múltiples ejecuciones en la Supermanzana 76 y Rancho Viejo revelan una sistematicidad propia de la psicopatía. Estos victimarios no solo eliminan a sus objetivos; los someten a procesos de desaparición que buscan borrar cualquier rastro de identidad y evidencia. El uso de “casas de seguridad” con patios convertidos en cementerios particulares es una firma de crueldad que se repite.

En lo que va del año, el incremento del 16.5% en la desaparición de jóvenes en el norte del estado no puede atribuirse únicamente a “ausencias voluntarias”, como suele declarar la autoridad para matizar la crisis. Detrás de estas cifras se esconden depredadores que operan con la confianza de que el sistema forense está colapsado y la capacidad de investigación es nula. 

Al no haber una clasificación clara de estos crímenes, los asesinos seriales “profesionalizados” por el narco quedan diluidos en la estadística general de desaparecidos. La autoridad, al no contar con datos precisos (como admitió recientemente el fiscal Raciel López), termina por otorgar una licencia tácita para que estos individuos sigan acumulando víctimas. El resultado es un paraíso donde los predios baldíos y las cuevas naturales se transforman en vertederos humanos, gestionados por quienes han hecho de la muerte una rutina y del anonimato su mejor defensa.

Negar la existencia de estos perfiles o maquillar las cifras de desapariciones es una afrenta directa a las familias que hoy buscan entre la maleza con sus propias manos. Cancún no solo enfrenta una crisis de seguridad convencional; enfrenta el surgimiento de una violencia desalmada que se alimenta de la opacidad institucional. 

Si el Estado insiste en mirar hacia otro lado mientras los colectivos desentierran la verdad en fosas comunes, está permitiendo que los asesinos seriales modernos sigan operando en la absoluta oscuridad. 

Es urgente que la narrativa cambie: reconocer que hay depredadores activos es el primer paso para detener la sangría. Porque en Quintana Roo, la verdad no puede seguir enterrada bajo la arena del discurso oficial; la justicia no llegará mientras se siga ignorando que, en el paraíso, desaparecer se ha vuelto la forma más eficiente de asesinar.

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