Deficiente transporte público en Cancún… – Así nos vemos
29 Ago. 2025
Edgar Prz
Uno de los problemas persistentes, actuales y con enorme riesgo para los usuarios es el deficiente servicio de transporte público. Siempre las autoridades salen a decir: “Ahora sí, se corregirá, se revisará, se pondrá orden”, y mil argumentos más que ya cansan a la ciudadanía. Ellas no padecen esta incertidumbre, este martirio en donde la gente pierde muchas, demasiadas horas para trasladarse a sus centros de trabajo.
Ellas tienen vehículos a su disposición, es más, hasta a sus asistentes de cocina las llevan por la ayudantía a comprar víveres y lo relativo a la limpieza de la casa. No sufren en las residencias… pero sí sufren cuando terminan sus labores y se marchan a sus hogares. Y aún siguen con la letanía: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”.
Es un verdadero martirio en Cancún ser sujeto del uso del transporte público. De entrada, los operadores de los camiones urbanos tienen que ser verdaderos cafres del volante. Al subir debes hacer actos de malabarismo para poder sentarte, si tienes suerte de encontrar un asiento vacío. Aun tu atractivo no reposa en su totalidad en el asiento, cuando el chofer le pega al bus un acelerón bárbaro, en el que tu cuello podría sufrir una lesión como la del asistente de Noroña. Luego te das cuenta de que están jugando carreras con otro bus de la misma ruta. Música a todo volumen, ruido de las ventanas, el crujir del motor, piezas sueltas… hacen que se complemente la sinfonía.
Así es el colorido del viaje. Usualmente suben payasitos, cantantes con su pista, limosneros y ahora hondureños o haitianos que aprendieron un discurso lastimoso: narran sus vicisitudes en México, piden ayuda para su familia ya que no cuentan con nada, cuentan que les han robado y anuncian que hacen esto para no delinquir. Esas postales no vienen incluidas en el costo del pasaje.
En horas pico, los camiones se saturan de gente, se llenan hasta los pasillos, y el chofer sigue gritando “¡recórranse, atrás hay espacio!”, motivado, claro, por la construcción del segundo piso de la Transformación.
Aquí aumentan los riesgos de los pasajeros: el cafre que maneja sigue en su papel, acelera, frena de golpe, grita, ordena… y la gente padece esta situación. Es verídica, no es fantasía, aunque parezca imaginaria. Así se vive el traslado al trabajo y luego de regreso a casa. Nadie verifica estas anomalías; los abusos ocurren a todas horas. La gente sufre y el gobierno promete.
Esta postal no es privativa de los buses ni de las combis. Los taxis también circulan, muchos, sin verificación: unidades obsoletas, muy usadas, carros viejos, modelos antiguos, Tsurus que aún están funcionando. A quien esto escribe le tocó uno en el que, al subir, había que sostener la puerta para que no se cayera, ¡qué necesidad, qué peligroso! Eso sí, cobran más que las plataformas digitales.
Por eso ahora mucha gente prefiere usar aplicaciones digitales: mayor seguridad, mejor trato, vehículos limpios y de modelos recientes, además de menor costo y más rapidez. No suben otro pasaje, sino solo al solicitante.
Esto nos remite a sacar conclusiones: el sindicato de taxistas está inmerso en el descrédito, va en un tobogán que todos ven, pero nadie hace nada. Tiene una fuerte división interna; los socios han perdido interés en sus placas por la inseguridad, por la clonación de taxis, por la impunidad de grupos que amenazan, amedrentan y exigen pago de cuotas. Los socios y operadores se sienten abandonados por su propio gremio; dicen que ya está muy contaminado y prefieren no hacer nada.
Por ello, los precios de las placas están por los suelos. Hay mucha oferta de venta, pero nadie quiere comprar. Urge que los sindicatos dejen de ser minas de oro para sus líderes y se conviertan en verdaderos gestores de seguridad, tranquilidad y cuidado del patrimonio. Urge que las autoridades del transporte, Imoveqroo, se aboquen a trabajar y dejen de extorsionar; que vigilen, supervisen, que se respete la ley y que los pasajeros puedan viajar con seguridad en buses, combis y taxis. Urge que dejen de ser entes decorativos y se bajen al territorio: su trabajo está en las calles, no en las oficinas.
La gente no tiene por qué padecer estas arbitrariedades, no tiene por qué exponer su vida todos los días. Es tiempo de que dejen de ser cola de ratón y se vuelvan cabeza de león. Los inspectores deben agradecer a esa gente que olvidan, a la que no atienden, y que es la misma que hace posible que ellos cobren su salario.
¿Hasta cuándo este país empezará a atender a su población? ¿Hasta cuándo veremos a una ciudadanía contenta y con la sonrisa de entrada? ¿Será eso posible? No hay que perder la fe… ¿no lo cree usted?
Mejor seguiré caminando y cantando: “Pero qué necesidad, para qué tanto problema, no hay como la libertad de ser, de estar, de ir, de amar, de hacer, de hablar, de andar así sin pena”.















