Inosente Alcudia Sánchez
En El Banquete, de Platón, Aristófanes relata que, en el principio, los humanos éramos seres dobles, una especie de siameses, hasta que Zeus decidió cortarnos en dos. Ese fue el origen de nuestra soledad, del sentimiento de sabernos incompletos, carentes de una mitad que, acaso, era lo mejor de nosotros y sin la cual hemos quedado disminuidos a una fracción de nuestro potencial.
Acorde con el mito griego, soy un hombre incompleto, débil, falto de su otra mitad, arrojado a la soledad, aunque no en el sentido del Lobo Estepario. Mi soledad no proviene de un aislamiento voluntario ni de alguna dificultad para relacionarme con los demás. Tengo amistades, seres queridos cercanos y lejanos, rutinas sociales y no me incomoda entablar largas conversaciones con desconocidos. Vamos, ni siquiera me agrada encerrarme, salvo cuando se trata de disfrutar mi plan de lectura. Y, sin embargo, sé —intuitivamente— que soy un hombre incompleto, solo.
Soy un hombre consciente de su soledad, o mejor dicho, de la carencia de una compañía primigenia. Sé que —irremediablemente— carezco de esa mitad a la que alude el mito platónico y, al asumirlo como una fatalidad, he logrado escapar de la “perpetua insatisfacción” que, también, nos persigue desde el origen de los tiempos.
Reconocernos como seres incompletos, encadenados para siempre a la sombra de la ausencia de nuestro otro yo, es un castigo cruel, porque duele el sabernos amputados, inválidos que recorren la vida en busca de esa otra parte con la que, quizás, habríamos conquistado al mundo o, al menos, recuperado la felicidad de nuestra antigua naturaleza.
Dice Aristófanes que, cualquier día, como les ocurre a los sedientos extraviados en el desierto que confunden espejismos con oasis, podemos creer haber encontrado en alguien —en otra, en otro— la parte que nos fue arrebatada, nuestra mitad perdida. Y puede ser que nos aferremos a esa persona, en un intento por vencer el sentimiento de soledad que nace de intuirnos incompletos. Pero no deja de ser un espejismo, pues nuestro destino —según el mito griego— es que cada mitad vague por la vida en busca de la otra, anhelando recuperar la unidad y la felicidad que alguna vez tuvimos en el principio.
La búsqueda de nuestra otra mitad es intuitiva y, de algún modo, la otra cara de nuestro mítico castigo consiste en rechazarla en el improbable caso de hallarla, porque, entre otras cosas, la anormalidad es el destino de nuestra especie. “Es el amor, tendré que esconderme o que huir”, poetiza Borges ante la inminencia del encuentro con “su propio amado”. En realidad, no perseguimos a nuestro complemento ideal, sino lo incompatible, lo imposible (Irene Vallejo).
Condenados por los dioses, nuestra vida es navegar como el Holandés Errante: siempre en busca de una mitad que nunca hallaremos, siempre volviendo al mar de la soledad que nos fue impuesta desde el origen. Sin embargo, el mito no está falto de belleza: la vida es un juego en el que cada mitad busca a su otra mitad, y el amor puede entenderse como “un íntimo anhelo de restitución de una plenitud perdida, de reencuentro con un todo”. Ese afán nos arrastra a una vorágine interminable de comienzos y recomienzos: la búsqueda del alma gemela con la misma obstinada resignación con que Sísifo empuja la roca.
Heme aquí, pues, con la sensación de que alguien me falta, con un hueco en mi ala izquierda, justo para acunar un sueño ajeno que también me pertenece.


