José Juan Cervera
El gusto especial que destilan las narraciones populares puede disfrutarse en su expresión oral y en sus versiones escritas, aunque en estas últimas pierdan algo de su sabor original y de la espontaneidad que las caracteriza. Sin embargo, a veces se hace necesario registrarlas en soportes duraderos que además permitan compartirlas con un público capaz de apreciar sus valores intrínsecos.
El señor Juan Moguel Pech fue un hombre de campo nacido en Tekantó, Yucatán; durante muchos años trabajó como velador de una carpintería, hizo labores diversas en algunas casas familiares y pasó sus últimos días en un albergue para ancianos. Sostener una conversación con él equivalía a incursionar en las regiones del saber colectivo, de la historia vernácula y de las anécdotas siempre frescas.
En 1969 residió durante seis meses en Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo. Fue el mismo año en que murió el renombrado general Francisco May Pech quien, según le informaron algunos vecinos del lugar, recibía 300 pesos mensuales como apoyo del gobierno federal. Este dirigente maya alcanzó una edad centenaria, tal como afirma su biógrafo Felipe Nery Ávila Zapata.
En Carrillo Puerto conoció al padre Walter, misionero estadunidense de la congregación Maryknoll Fathers, que logró una presencia importante en la zona. Don Juan supo que este sacerdote tuvo como antecesor a un cura que mató a su sacristán durante una cacería después de confundirlo con un venado, cuando ambos se internaron en un monte que, de acuerdo con la expresión de los habitantes del pueblo, “estaba echado a perder”, lo cual significa que, como consecuencia de una especie de maleficio, los tiradores veían a las personas con apariencia de animales, y por eso eran frecuentes esos hechos lamentables
En una ocasión, el padre Walter acudió a dar las exequias a un difunto del poblado de Chunhuas. Se retiró de ahí al finalizar la misa porque de inmediato seguía la ceremonia del cuch-kebán (“acompañar el pecado”), que consiste en lavarle la cara al muerto y depositar el agua así usada en unas jícaras pequeñas para dársela a beber a los concurrentes, con el propósito de simbolizar que lo acompañan en la expiación de sus culpas. Se trata de la misma costumbre que Felipe Pérez Alcalá refiere en una crónica fechada en 1876, la cual califica de supersticiosa y la llama bo-kebán (“purificación o lavado de pecados”) que, como puede observarse, persistió en algunas partes de la península.
En una de sus caminatas, don Juan Moguel encontró a un anciano que se ocupaba en “romper laja” (trabajar) y se detuvo a conversar con él en lengua maya. Su interlocutor le contó muchas cosas, por ejemplo, cómo durante la Guerra de Castas los perros y los gallos fueron operados para impedir que ladraran y cantaran, evitando de ese modo que delatasen la presencia de los mayas rebeldes. La tradición oral guarda memoria de acciones y tácticas parecidas.
Otro recuerdo que el viajero mantuvo vivo fue el de su visita a Polyuc, donde pudo conocer lo que llamó “piel de tigre”, útil para hacer tambores cuyo sonido era posible escuchar en la lejanía. El número de golpes emitidos indicaba el sentido y la magnitud de ciertos acontecimientos, como la clase de gente que llegaba a las comunidades y las intenciones que traían los forasteros, entre otros.
Además de brindar calidez amistosa, don Juan se distinguió por ser un informante de primera línea que, abrevando en profusos recuerdos, transmitió con amenidad y soltura trozos de una experiencia larga y fecunda.


