Rito ancestral que guía el camino de niñas y niños desde sus primeros meses de vida, sembrando valores, habilidades y el sentido de pertenencia en la comunidad
SERGIO MASTÉ
En el corazón de la cultura maya, la infancia no es solo una etapa de crecimiento, sino el inicio de un camino definido por la tradición. El Jéets’ Méek’, ceremonia ancestral cuyo significado proviene de “asentar” (Jéets’) y “abrazar” (Méek’), simboliza el primer contacto del ser humano con su destino social, sus responsabilidades y su identidad dentro de la comunidad.
Este ritual, profundamente simbólico, se realiza en momentos específicos: a los tres meses de edad para las niñas y a los cuatro para los niños. La diferencia no es casual. El número tres representa las piedras del fogón, núcleo del hogar y la vida doméstica, mientras que el cuatro alude a los puntos cardinales y las esquinas de la milpa, pilares del trabajo masculino en la cosmovisión tradicional.
La ceremonia inicia con la instalación de un altar en el centro del hogar. Sobre una mesa se coloca una cruz, velas encendidas y flores, acompañadas de alimentos y objetos cargados de significado: cacao o pinole para estimular el pensamiento, pepitas que invocan el habla, huevos que simbolizan la sabiduría, hojas de chaya para aprender a distinguir lo bueno de lo malo, y granos de maíz que marcan el ritmo ceremonial. Cada elemento forma parte de un lenguaje ritual que busca despertar las capacidades del infante.
Los nueve giros
El momento central llega cuando el padrino y la madrina toman al bebé y lo colocan a horcajadas sobre la cadera, dando vueltas alrededor de la mesa. Nueve giros hacia la derecha, conocidos como ka’aj k’aaxiik (amarrar), y trece hacia la izquierda, ka’aj waajch’iik (desamarrar), representan el equilibrio entre las fuerzas de la vida. Durante este recorrido, el niño prueba los alimentos del altar y entra en contacto con los primeros símbolos de su aprendizaje.
A lo largo del ritual, se colocan en sus manos herramientas que anticipan su futuro: tijeras, lápiz o cuaderno para las niñas; machete, coa o incluso un rifle para los niños. Más allá del objeto, el gesto encierra el deseo de formar individuos capaces, trabajadores y útiles para su comunidad.
El rito no se limita al espacio doméstico. En algunos casos, la madrina lleva a la niña a la cocina para mostrarle los utensilios del hogar, mientras que el padrino conduce al niño al campo, donde simula labores agrícolas. Incluso prácticas curiosas, como colocar al bebé sobre un perro, buscan augurar agilidad y destreza en sus primeros pasos.
Sello de compromiso
Al concluir, el acto del p’oo’ k’aab —el lavado de manos entre compadres con agua y ruda— sella el compromiso de respeto y responsabilidad compartida entre las familias. Es el nacimiento de un lazo social que trasciende lo simbólico y se convierte en una guía moral para el futuro del niño.
Más que un ritual, el Jéets’ Méek’ es una declaración de principios: la comunidad moldea al individuo desde sus primeros días, transmitiendo conocimientos, valores y aspiraciones. En ese abrazo inicial, el infante no solo es sostenido, sino encaminado hacia una vida de trabajo, identidad y pertenencia que honra la riqueza cultural del pueblo maya.
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RECUADRO
Cinco datos importantes sobre el Jéets’ Méek’:
• SIGNIFICADO DEL RITUAL: “Jéets’ Méek’” significa “abrazar y asentar en la cadera”, simbolizando el inicio de la formación del niño o niña en la vida.
• EDAD DE REALIZACIÓN: Se practica a los 3 meses en niñas y 4 meses en niños, basado en simbolismos mayas (fogón y puntos cardinales).
• OBJETIVO PRINCIPAL: Introducir al infante en las habilidades, valores y roles sociales que desempeñará en su vida adulta.
• ELEMENTOS SIMBÓLICOS: Incluye alimentos y objetos como maíz, cacao, pepitas, huevos y herramientas, que representan inteligencia, trabajo y aprendizaje.
• PARTICIPACIÓN DE PADRINOS: El padrino y la madrina realizan vueltas rituales y guían al niño, estableciendo además un compromiso social y familiar con los padres.

