18 abril, 2026

Nunkiní, baluarte de tradición, cultura y patrimonio 

En el corazón del Camino Real, a unos 180 kilómetros de la capital campechana, se ubica una comunidad que conserva en su trazo urbano y en su vida cotidiana las huellas de siglos de historia

HAROLD AMÁBILIS

Fotos: Rafa Argáez

En esta edición de El Despertador, Nunkiní se revela como un territorio donde la historia permanece viva. Entre oficios en riesgo, voces que narran la tradición y expresiones patrimoniales inmateriales, la comunidad muestra la fuerza de su identidad y la persistencia de su memoria colectiva.

Nunkiní, memoria viva del Camino Real

En el corazón del Camino Real, a unos 180 kilómetros de la capital campechana, se ubica una comunidad que conserva en su trazo urbano y en su vida cotidiana las huellas de siglos de historia. Nunkiní se distingue por una identidad forjada a partir de raíces mayas profundas y procesos derivados del mestizaje con el mundo occidental que dejaron marcas visibles en su territorio.

Antes de la llegada de los europeos, la localidad formaba parte de un sistema político regional encabezado por el linaje Canul. Con la colonización, el territorio fue incorporado al régimen de encomiendas. Este periodo se caracterizó por condiciones adversas para la población maya, marcada por maltratos, trabajos forzados, despojos de tierras y castigos injustos. En contraste, la presencia franciscana desempeñó un papel distinto para los pueblos originarios. Los frailes intervinieron en defensa de los mayas y promovieron la incorporación de la fe católica en la vida comunitaria. La iglesia dedicada a San Diego de Alcalá, levantada sobre antiguos basamentos mayas, permanece como uno de los principales referentes de esa etapa.

Durante el siglo XIX, las reformas en materia de propiedad de la tierra transformaron de manera significativa la dinámica local. La expansión de las haciendas redefinió el uso del territorio y, hacia mediados de ese siglo, la región registraba numerosas unidades productivas que alteraron la organización tradicional de la comunidad. La memoria colectiva identifica este periodo como una etapa de desigualdad, en la que los habitantes originarios pasaron a depender de nuevos grupos de poder.

En ese mismo contexto, epidemias como la viruela afectaron de forma severa a la población. Los relatos transmitidos de generación en generación asocian estos episodios con cambios en las prácticas comunitarias. A partir de entonces surgieron expresiones culturales con una carga simbólica que aún hoy permanece vigente, destacando el Ts’uulil K’áak’, el Caballero de fuego, manifestación que actualmente busca su inclusión en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de Campeche.

En la actualidad, Nunkiní se mantiene entre las localidades con mayor presencia de población maya. Una parte significativa de sus habitantes conserva la lengua originaria como medio de comunicación cotidiano, rasgo que define el carácter del lugar y refuerza la continuidad de su identidad cultural.

El entorno arquitectónico también refleja su pasado. La parroquia de San Diego de Alcalá, edificada en el siglo XVIII, forma parte de un conjunto de construcciones antiguas, viviendas tradicionales y espacios reconocidos como zona histórica. Cada elemento urbano funciona como testimonio de los distintos periodos que han dado forma a la comunidad. 

Por la capacidad de su gente de entrelazar la memoria viva de sus ancestros con los vestigios tangibles de su territorio, Nunkiní se ha consolidado como una de las fortalezas patrimoniales más sólidas de Campeche. No se trata únicamente de la acumulación de ruinas o tradiciones, sino de la forma en que su comunidad ha logrado que esos dos planos —el material y el inmaterial— se alimenten mutuamente. En un estado donde el legado cultural es vasto y diverso, esta comunidad brilla por su autenticidad y resiliencia, demostrando que el verdadero patrimonio no es lo que se guarda en museos, sino lo que se respira cada día en los pueblos. 

Don Aquilio Ac Can, la última voz del cuero teñido con Chukum

En Nunkiní, comunidad maya del municipio de Calkiní, Don Aquilio Ac Can ha mantenido vivo un oficio con gran historia. El patio de su vivienda funciona como taller; allí se acumulan sus herramientas de trabajo, corteza seca y pieles en proceso de transformar en artesanía. Él se ha convertido en el único heredero del curtido tradicional mediante chukum, un conocimiento que hoy corre el riesgo de desaparecer.

Aquilio Ac Can aprendió el oficio de su padre, quien a su vez fue legado por su propio padre. Antes de fallecer, le transmitió los pasos fundamentales para transformar la piel en cuero útil. Esa enseñanza quedó como una responsabilidad que el resto de la familia no continuó. Un hermano que también dominaba la técnica falleció, dejándolo como único portador del conocimiento.

Desde entonces, ha dedicado décadas a la preservación de esta labor. Ha trabajado pieles de ganado y venado para elaborar fundas de machete, alpargatas, fajas y otros artículos. Aunque en la comunidad aún recibe encargos, la demanda es limitada. Ha participado en ferias locales, donde ha logrado vender algunas piezas, sin que ello haya logrado generar el interés de las nuevas generaciones por aprender el proceso completo.

El curtido con chukum requiere tiempo y precisión. La piel se coloca primero en cal durante varios días o semanas para retirar el pelo y prepararla. Después se lava y se introduce en una mezcla obtenida de la corteza del chukum. Ésta se desprende con golpes, se sumerge en agua y libera un pigmento natural que tiñe y fortalece el cuero.

El proceso puede durar hasta dos meses. Durante ese periodo, el curtidor revisa la mezcla, agrega más corteza cuando es necesario y vigila la evolución del material. Una vez listo, el cuero se lava nuevamente y se seca a la sombra, adquiriendo un tono rojizo característico y mayor resistencia.

El trabajo exige fuerza y resistencia. Cortar la corteza en el monte, manipular pieles húmedas y soportar los olores forman parte de la rutina. Aquilio resume esta condición con una expresión conocida entre curtidores: se necesita Corazón de zopilote, puesto que no todas las personas están dispuestas a asumir esas condiciones.

La obtención del chukum implica esfuerzo. El árbol crece en el monte y su corteza debe extraerse con cuidado, especialmente en temporada seca. Aquilio toma únicamente lo necesario para cada encargo, siguiendo una práctica respetuosa con el entorno.

Actualmente no tiene aprendices. Algunos familiares lo apoyan de manera ocasional, pero ninguno ha decidido continuar el oficio. En Nunkiní, es el único que conserva este conocimiento en su forma tradicional.

Una reciente pausa por problemas de salud interrumpió su trabajo. Sin embargo, planea retomarlo pronto. Continúa elaborando piezas completas, desde el curtido hasta el acabado final. Emplea herramientas sencillas para decorar las superficies: aplica presión directa con moldes de madera, sin recurrir a maquinaria industrial.

Don Aquilio reconoce que su oficio ha perdido continuidad. El entusiasmo por aprenderlo resulta casi nulo. Aun así, mantiene una invitación abierta para quienes deseen conocer su labor o adquirir alguna de sus creaciones.

Aquilio Ac Can permanece en su comunidad, trabajando con los mismos métodos que aprendió en su juventud. Cuando deje de hacerlo, el curtido con chukum en Nunkiní podría desaparecer, junto con un conocimiento transmitido durante generaciones.

Don Germán, la voz que mantiene viva la tradición 

La madera cruje bajo los pies del presentador. Arriba, en el tablado artesanal, un hombre ajusta el micrófono mientras las primeras luces del pueblo empiezan a encenderse. Alvino Germán Colli Haas, conocido por todos como Don Germán, no necesita guion. La tradición corre por sus venas, su talento le precede, su vida ha marcado grandes momentos de la vida social nunkiniense, mucho antes de ser reconocido como la voz oficial de esta comunidad campechana.

Su historia comienza en un punto donde la devoción religiosa se encuentra con la fiesta popular. Las autoridades de Nunkiní observaron en él a un servidor capaz de narrar las corridas de toros en honor a San Diego de Alcalá, el santo patrono. Tenía 34 años cuando recibió la primera invitación. No hubo ensayos previos ni manuales de estilo, solo la certeza de que sabía escuchar el latido de su pueblo.

La preparación de Germán para llevar el micrófono no nació en un salón de clases, sino en el mundo de la música. Integró un grupo impulsado por el promotor cultural Eufracio Pech Santana, quien detectó en él cualidades para el canto y la animación.

Al principio el miedo lo paralizó. Recuerda una presentación en la comunidad de Miguel Alemán, al sureste. Minutos antes de subir al escenario, le preguntó a su maestro dónde había amarrado el contrato. Al escuchar que era lejos, sintió alivio. Pero el nerviosismo regresó al llegar. Vio a una pareja de paisanos entre el público y se le borró por completo la letra ensayada. La música siguió sonando y el maestro Eufracio rellenó con su saxofón la parte que Germán había olvidado.

Terminado el primer bloque, el profesor no lo regañó. Lo abrazó y le dio una lección que nunca olvidaría. Le pidió que mirara a las personas pero que enfocara la vista más allá de sus rostros, como si atravesara el miedo. Ese consejo se convirtió en el cimiento de su presencia en el micrófono. Con los años, Don Germán aprendió a escuchar a otros conductores, a observar las corridas de toros por televisión y a adaptar lo útil sin perder su esencia.

El salto a los escenarios profesionales llegó junto a Los Socios del Ritmo. La agrupación notó el talento de Los Atlánticos, donde Germán inició su carrera junto a jóvenes sin compromisos familiares. La relación creció rápidamente. Fueron invitados en cuatro ocasiones a la Ciudad de México. En los primeros viajes se hospedaron en hoteles, pero después fueron recibidos en la casa de sus anfitriones. También participaron en presentaciones en Oaxaca, donde alternaron en bailes populares.

Durante esa etapa, Don Germán grabó varias canciones. Su favorita es Mi barquito parrandero. Cada vez que la escucha, admite que no puede contener la emoción. También participó en temas como La mujer primaveral y formó un dúo con el músico tabasqueño Martín Hernández. 

El encuentro con Chico Che ocurrió en el Jardín Coca-Cola de Campeche. El intérprete se mostró cercano con Los Atlánticos, destacó su disciplina, escuchó su repertorio y elogió el sonido del merequetengue, en especial la canción La guayabera azul, compuesta por el maestro Eufracio. Chico Che les confesó su intención de grabarla y pidió autorización al compositor, quien aceptó; sin embargo, la muerte del artista impidió concretar ese proyecto.

Tras la partida del maestro Eufracio, Los Atlánticos se disolvieron. Años después, Don Germán se integró a N3, donde vivió otra etapa relevante de su carrera musical. Su desaparición le afectó profundamente, pues consideraba que había gran talento en ese proyecto.

La primera vez que Don Germán condujo el carnaval de Nunkiní ocurrió en una coyuntura especial, cuando el profesor Bernardo Cantún Tzec, asumió la presidencia municipal y Don Germán trabajaba como su secretario. El carnaval se encontraba muy deteriorado, con los barrios del gato negro y San Román jugando por separado, lo que generaba incidentes violentos. El presidente convocó a los representantes de ambas comparsas, les negó el permiso para celebrar por separado y los unificó en el palacio municipal, donde además contrató música en vivo. Don Germán tomó el micrófono por primera vez para narrar el carnaval desde el palacio, pidió a la gente guardar postura y disciplina, y el resultado fue una celebración inolvidable, el salón de bailes se llenó, la gente participó con entusiasmo, se premió a los primeros lugares y todos los carros alegóricos recibieron incentivo económico y una plancha de cerveza.

El ámbito eclesiástico siempre ha estado presente en la vida de Don Germán. Cada año conduce las corridas de toros en honor a San Diego de Alcalá por encomienda del Consejo Parroquial.

Nunca ha cobrado por ese trabajo. Recibe un pago simbólico, pero asegura que lo hace por convicción y por la tradición de su pueblo. 

El legado de Alvino Germán Colli Haas no está en archivos ni placas. Se mantiene en las fiestas, en la música y en la memoria colectiva de Nunkiní.  Él mismo lo resume con una imagen sencilla; cuando alguien llega a entrevistarlo, realiza un viaje por el pasado, el recuerdo y la cultura de su amado pueblo. En el momento de agarrar el micrófono, arriba del tablado o en medio del carnaval, todo le viene en el instante preciso. La memoria no es un archivo. Es un músculo que se activa con el aplauso, el olor a pólvora y la certeza de que su pueblo todavía quiere escuchar su propia historia.

Uriel Canek, música de Nunkiní para la península

La historia de Uriel Can Ek, conocido artísticamente como Uriel Canek, comenzó en la sencillez de su hogar, entre juegos infantiles y una guitarra de juguete que marcó el inicio de una vocación que se consolidó con el pasar del tiempo. Aquel interés infantil por la música se convirtió en una meta de vida, forjando una trayectoria que lo posicionó como una de las figuras más reconocibles en las fiestas populares de la Península de Yucatán.

El acercamiento a la música no surgió en academias ni estudios profesionales, sino que fue una herencia familiar. Su abuelo dejó en él una influencia duradera, dedicado a la música, su carrera representó un ejemplo de vida para Uriel. Sin embargo, el impulso decisivo provino de su padre. A pesar de provenir de un entorno ligado al deporte, fue él quien lo alentó en sus primeros pasos en el ámbito musical.

Su primera oportunidad de acercarse a un instrumento llegó en una celebración del barrio, donde un grupo musical que despertó su interés por los teclados. Con el respaldo de su padre, dio el siguiente paso al iniciar su formación con el maestro Benjamín Quiñones, en la ciudad de Bécal, etapa en la que comenzó a desarrollar sus habilidades de manera más estructurada.

Su primera presentación formal tuvo lugar el 25 de diciembre de 2014. Con solo dos piezas en su repertorio, aceptó amenizar un evento familiar. Durante cuatro horas sostuvo la actuación repitiendo esas melodías, en una experiencia que marcó su inicio frente al público. Esa noche dejó atrás el temor escénico y confirmó su interés por continuar en los escenarios.

A partir de entonces, las invitaciones comenzaron a llegar de manera constante. Primero se presentó en los eventos de su comunidad, y hacia 2016, el proyecto tomó forma bajo el nombre de Uriel y sus teclados. Con una agrupación más consolidada, extendió sus presentaciones a los Estados de Quintana Roo y Yucatán.

El crecimiento del proyecto también se reflejó en su estructura musical. La incorporación de bajo, guitarra y timbales amplió el alcance de sus presentaciones y dio mayor solidez al conjunto. Con esta evolución, el grupo adoptó el nombre artístico de Uriel Canek, una decisión que consolidó su identidad sobre los escenarios desde hace ocho años.

En ese proceso, las influencias del género tropical han estado presentes como referencia constante. Uriel reconoce la huella de agrupaciones consolidadas, aunque ha procurado desarrollar un estilo propio, con una propuesta que conserve cercanía con el público y un sello reconocible.

Esa línea se aprecia en su repertorio, donde destaca “Mireya Linda”, tema escrito por Vicente Moo y previamente interpretado por el grupo Los Atlánticos, también originario de Nunkiní. La canción, centrada en una historia de amor, ha logrado conectar con la audiencia en distintas presentaciones.

En paralelo, el músico asume una postura abierta frente a la tecnología. Considera que los avances han contribuido a mejorar la calidad del sonido, con instrumentos electrónicos que permiten ampliar los matices en escena. Pese a ello, mantiene como eje la ejecución en vivo, a la que atribuye el valor principal de cada presentación.

Así, en cada escenario, Uriel Canek lleva consigo el nombre de su comunidad. Nunkiní se hace presente en cada presentación, con un sonido que lo identifica y lo mantiene vigente en la región. Su trayectoria ha dejado huella y se suma a la larga historia musical de la tierra que lo vio nacer.

Don Gil, el fotógrafo que resguardó la memoria

Hay oficios que se llevan en la sangre y otros que se aprenden con el corazón. El de fotógrafo, cuando se ejerce con vocación de servicio, se convierte en un acto de amor colectivo. En esta comunidad, Filiberto Colli, conocido como Don Gil, construyó durante más de medio siglo un archivo visual que hoy forma parte de la memoria de Nunkiní. Con su cámara registró bodas, bautizos, coronaciones y procesiones, además de la imagen del santo patrono San Diego de Alcalá, presente en altares y estandartes hogareños que aún conservan su trabajo.

Su acercamiento a la fotografía ocurrió en la adolescencia, cuando vivía en Bécal. Un amigo le entregó una cámara que no podía utilizar y con ese gesto inició su aprendizaje por el arte de la fotografía, sin escuela formal, guiado por la práctica y la curiosidad. Sus primeras imágenes, tomadas en blanco y negro, eran enviadas a revelar a Mérida, hasta que un técnico de laboratorio le ofreció enseñarle el proceso. A partir de entonces, Colli montó un cuarto oscuro en su casa, donde comenzó a revelar sus propios rollos con métodos que aprendió de forma directa.

Con ese dominio técnico, la incorporación del color marcó un nuevo momento en su carrera. Ya con experiencia, adquirió una cámara de 35 milímetros mediante pagos, lo que le permitió ampliar su cobertura y atender encargos en localidades como Tankuché, Santa Cruz, San Nicolás, Pucnachén y Bécal. Su rutina implicaba traslados en motocicleta por caminos de terracería y jornadas que se extendían hasta la madrugada. Trabajó siempre sin asistente, con dos cámaras para no perder ningún momento.

Entre sus labores más valorados por la comunidad estuvo el registro de la imagen de San Diego de Alcalá durante los novenarios. Los mayordomos solicitaban sus fotografías para incorporar en sus estandartes y altares. Colli revelaba por la noche y entregaba al día siguiente, cuidando los tiempos del proceso químico para asegurar la duración de las copias.

Sobre su trayectoria, evita calificativos grandilocuentes. Se declara satisfecho con su trabajo y subraya la responsabilidad que implicaba cada encargo. La confianza de la gente fue el eje de su oficio, al igual que su devoción, a la que recurre en forma de plegaria personal.

El retiro llegó a inicio del nuevo siglo por motivos de salud, debido a problemas en la rodilla. Antes de dejar la actividad, transmitió sus conocimientos a su hija, quien posteriormente enseñó a su esposo. Para Colli, compartir el oficio garantiza su continuidad y fortalece el servicio a la comunidad.

Observa cambios en la práctica fotográfica. Recuerda el cuidado que exigían los rollos y contrasta con la capacidad de almacenamiento de los dispositivos actuales. Sin embargo, insiste en que el compromiso con la gente define el valor del trabajo, no la herramienta.

Hoy permanece en su casa en Nunkiní, un espacio ligado a su historia familiar. Aunque ya no ejerce de forma activa, su obra sigue presente en viviendas y templos. Las imágenes que captó a lo largo de décadas continúan cumpliendo su función original, conservar la memoria de un pueblo a través de sus momentos significativos.

Las Fibras de la memoria: Doña Eloisa y el arte del petate

En la comunidad de Nunkiní, donde la tierra seca endurece la fibra del po’op, una mujer sostiene un oficio que se apaga lentamente. Doña Eloisa Chi Canul aprendió a tejer petates en la infancia, guiada por su abuela Teodosia y su madre Lucrecia. Hoy, décadas después, su trabajo permanece como uno de los últimos rastros vivos de esta tradición.

De niña observaba sin intención de aprender. El interés llegó con los años. El proceso no fue sencillo. Las primeras piezas salían disparejas, las cuentas no coincidían y el tejido perdía firmeza. La enseñanza en casa se dio con paciencia. A los 15 años logró terminar su primer petate por cuenta propia. Ese momento marcó el inicio de una práctica que no ha abandonado.

Su especialidad es el kichkelen po’op, una variante que incorpora figuras complejas. Elaborar una pieza implica disciplina y tiempo. El proceso inicia con la preparación de la fibra, que se pisa con la planta del pie. Luego viene el conteo preciso de pares, base del diseño. Un error en esa etapa afecta toda la estructura. Un petate mediano puede tomarle hasta dos semanas de trabajo continuo. Los de mayor tamaño exigen cerca de dos meses. La sequía complica aún más la labor, ya que la fibra se vuelve rígida y propensa a quebrarse.

El oficio también representa un sustento. La primera vez que vendió un petate utilizó el dinero para comprar alimentos para sus hijos. Desde entonces, cada pieza vendida le permite contar con ingresos propios. Su esposo participa en el proceso al recolectar el po’op en zonas de vegetación densa, donde, según relatos de los mayores, habitan animales peligrosos. Para resguardarse, quienes se internan en esos sitios utilizan pabellones, estructuras de tela que cubren la hamaca y sirven como protección.

A lo largo de los años, Doña Eloisa ha llevado su trabajo a distintos puntos del país. Ha comercializado sus piezas en Mérida, Campeche, Oaxaca, Guerrero y Ciudad de México. En esos espacios, los compradores reconocen el valor del producto, aunque con frecuencia intentan negociar el precio. Ella accede en ocasiones, pese a que el costo de los materiales y la escasez del recurso afectan su economía.

El panorama en Nunkiní ha cambiado. Antes, varias familias se dedicaban al tejido. Hoy, la mayoría de las artesanas ha fallecido. Las nuevas generaciones optan por estudiar o buscar empleo fuera de la comunidad. El interés por el petate es mínimo.

En un intento por preservar el conocimiento, Doña Eloisa ha impartido talleres en localidades de Yucatán como Santa Rosa y Conhuás. En esos cursos formó a grupos de aprendices, algunos de los cuales continúan practicando la técnica. Sin embargo, dentro de su propia familia no ha logrado continuidad. Hijos y nietos conocen el proceso, pero no lo ejercen de manera constante.

El reconocimiento de su comunidad es una constante. Habitantes y visitantes acuden a su domicilio en el barrio de San Francisco para adquirir sus piezas o conocer su trabajo. Participa en ferias y recibe invitaciones para exhibir sus creaciones. Aunque ya no teje todos los días, conserva petates listos para la venta. Cuando aparece un comprador, la satisfacción es inmediata.

Doña Eloisa asume con claridad el destino de su oficio. Considera que, al faltar ella, la práctica podría desaparecer en su entorno cercano. La falta de relevo generacional es evidente. Aun así, mantiene la disposición de enseñar a quien se acerque. Pocos regresan después del primer interés.

Ella agradece a quienes visitan, preguntan o compran. No elabora discursos extensos. Su trabajo habla por ella. En cada pieza se repite una rutina aprendida desde la infancia, sostenida por la constancia. Mientras haya quien busque un petate en Nunkiní, Doña Eloisa continuará tejiendo, con paciencia de abuela, mantendrá el último suspiro de una técnica milenaria.

Tablado tradicional, herencia que las familias renuevan cada año

En las poblaciones mayas de la península de Yucatán, las fiestas patronales son un elemento importante que articula la vida colectiva. Durante varios días, los pobladores se reúnen en torno a gremios, vaquerías y celebraciones populares que convocan a vecinos, turistas y a familiares que migraron y que durante los festejos regresan para reencontrarse con su lugar de origen. En ese contexto, el tablado artesanal ocupa un sitio importante, no solo como una estructura que integra el paisaje cultural de estos eventos, sino como símbolo de identidad y comunidad.

El ruedo, construido de materiales perecederos, se instala en espacios abiertos que permanecen vacíos gran parte del año. Su presencia transforma el entorno y marca el ritmo de la festividad. Se trata de una edificación de carácter efímero, levantada con técnicas tradicionales y materiales locales, cuyo diseño retoma elementos de la vivienda maya y los adapta de tal forma que permite albergar a decenas de espectadores.

En Nunkiní, su construcción recae en las distintas familias que han preservado el conocimiento por generaciones. Sabino Kantún Huchim forma parte de ese grupo; aprendió el oficio desde la infancia, acompañando a su padre durante las jornadas del armado. Recuerda que sus primeras tareas consistían en identificar la madera adecuada, distinguir el huano y observar con atención cada etapa. Con el tiempo, asumió mayores responsabilidades hasta dominar el proceso completo.

Hace tres años, tras el fallecimiento de su padre, tomó el relevo junto con sus hermanos y desde entonces, encabeza la dirección de la construcción de los palcos que le fueron heredados. Él involucra a sus hijos y sobrinos, con la finalidad de asegurar la continuidad de la tradición; explica que el trabajo exige precisión, ya que cada pieza debe colocarse en el lugar exacto para garantizar la estabilidad de la estructura y evitar accidentes

El ruedo de Nunkiní está integrado por 72 palqueros. Cada uno dispone de un tramo delimitado donde levanta su estructura. El palco que coordina Sabino tiene capacidad para alrededor de 60 personas distribuidas en tres niveles. En conjunto, todo el ruedo puede recibir a cerca de 500 asistentes durante las corridas de toros, charlotadas, conciertos y otros eventos.

El armado inicia con la excavación de los huecos donde se colocan los horcones. Posteriormente, se transporta la madera, se ajustan medidas y alturas, y se completa la armazón con el recubrimiento de huano. La construcción se realiza en un periodo de dos a tres días. Una vez concluida, permanece en pie de jueves a lunes, lapso en el que se desarrollan las actividades principales de la feria tradicional en honor a San Diego de Alcalá. 

La afluencia de público varía conforme avanzan las jornadas. Los primeros días registran menor asistencia, mientras que el fin de semana concentra mayor afluencia debido a que la feria recibe visitantes de otras localidades, así como turistas que llegan a Nunkiní tanto por las actividades religiosas como de por los rituales emanados del Ts’uulil K’áak’ (Caballero de Fuego), manifestación propuesta como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de Campeche. El domingo destaca por la procesión en honor a San Diego, que recorre el perímetro del ruedo como parte de una práctica arraigada en la comunidad. De acuerdo con la creencia local, este acto busca propiciar protección para los asistentes y la bendición del pueblo, convirtiendo al recinto en un espacio sagrado. 

El lunes se realiza una corrida cuyo ingreso se destina a la parroquia. La participación es voluntaria y los recursos se entregan para proyectos de la iglesia. Posteriormente, se informa a la comunidad sobre el monto recaudado y su aplicación.

En una de las viviendas cercanas al tablado, permanece una marca atribuida a un incendio ocurrido durante un baile. La versión compartida por los pobladores sostiene que el fuego se extinguió sin intervención y que en la madera quedó una figura asociada con la imagen de San Diego, reforzando su imagen como protector del pueblo. 

El uso de materiales responde a criterios de durabilidad y aprovechamiento. Algunas maderas, como el Chac-té, pueden reutilizarse durante años. Para evitar confusiones, cada familia marca el límite de sus palcos con líneas de colores. El huano se obtiene de terrenos propios, lo que reduce costos y mantiene la autosuficiencia del proceso. Al concluir la fiesta, la mayoría de los elementos se resguarda para el siguiente ciclo o son reutilizados, particularmente el huano, para la renovación de las Xa’anil naj (casas mayas).

Frente a la desaparición de los tradicionales tablados en otras comunidades, la preferencia de los habitantes por mantener este elemento tan característico de las ferias en Nunkiní se vincula con la confianza en el trabajo comunitario. Sabino recuerda que en una ocasión se intentó utilizar un ruedo portátil, pero la asistencia fue baja; la población manifestó reservas sobre la seguridad de una estructura ajena a sus prácticas. En contraste, el sistema de amarre con materiales conocidos y ejecutado por manos locales genera certidumbre.

Cada año, el tablado aparece y desaparece en cuestión de días. Su carácter temporal no reduce su importancia. En Nunkiní, representa un punto de encuentro donde convergen memoria, organización social y continuidad cultural. Para Sabino Kantún Huchim, mantener esta práctica implica sostener un legado que sigue vigente en la vida cotidiana del pueblo.

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