El único en Cancún que refereó las tres generaciones de plata: Santo, el Hijo del Santo y Axel, padre hijo y nieto; recuerda que la primera lucha en Cancún fue protagonizada por René “Copetes”, Cadáver I, Dos Caras y Carlos García
SERGIO MASTÉ
En el rincón más recóndito de Cancún, entre las olas del Caribe y los destellos del sol se encuentra una leyenda viva. Francisco Rubén Rosado Ricalde, conocido afectuosamente como “Panchito Volador”, personifica la esencia misma de la lucha y la pasión desenfrenada.
Su historia se remonta a las tierras ancestrales de Valladolid, Yucatán, donde nació el 25 de enero de 1960. Sin embargo, fue en las calles de Cancún donde su destino se forjó. A los 13 años llegó a la bulliciosa colonia de Puerto Juárez, desafiando las olas de la vida con valentía y determinación.
En sus primeros días en Cancún, la juventud de Panchito fue una mezcla de aventura y supervivencia. Pero incluso en medio de la lucha diaria por subsistir, el espíritu indomable de Panchito nunca se quebró.
A los 15 años el destino le tendió una mano amiga, en la forma de ingenieros procedentes de Chihuahua y Ciudad de México, quienes le dieron la oportunidad de aprender sobre topografía y colaboró en la edificación del estadio “Toro” Valenzuela. Entonces su pasión por el béisbol floreció, encontrando en el campo de juego un refugio de sueños y esperanzas.
Pero el destino tenía otros planes para él.
—Buenas tardes, ¿podría compartir con nosotros un poco sobre sus inicios en Cancún y cómo fue su camino hacia la lucha libre?
—¡Claro que sí! Mi historia en Cancún comenzó cuando llegué a Puerto Juárez a los 13 años. Era un tiempo de aventura y supervivencia, donde cada día era una nueva batalla por la subsistencia. Desde recolectar limones hasta bucear en el puerto en busca de monedas, aprendí el valor del esfuerzo y la determinación desde muy joven. A los 15 años, descubrí mi pasión por el béisbol, pero también incursioné en el mundo del boxeo, participando en el programa de los “Guantes de Oro” en la Plaza de Toros “Silverio Pérez”. Sin embargo, fue en la lucha libre donde finalmente encontré mi verdadera vocación.
—¿Cómo fue su debut en la lucha libre y cuál fue su experiencia inicial?
—Mi debut como “Saeta Negra” fue una experiencia inolvidable. Bajo la tutela del “Corsario” Santiago Ortiz Quintal me adentré en un mundo lleno de emoción y desafíos. Aunque al principio mi delgadez me impedía luchar, mi determinación y habilidades pronto me llevaron al ring. Recuerdo mi primer combate contra los temidos hermanos Danés, hermanos de la leyenda Canek. Fue un momento que marcó el inicio de mi trayectoria en este apasionante deporte.
—¿Qué lo llevó a convertirse en réferi de lucha libre?
—Después de sufrir una lesión durante un combate me di cuenta de que mi verdadero llamado era el arbitraje. Bajo el sobrenombre de “Panchito Volador”, me convertí en el réferi más reconocido de Cancún, refereando a algunas de las leyendas más grandes de la lucha libre mexicana. Aunque fue difícil dejar de luchar, encontré una nueva pasión en el arbitraje y me enorgullece haber podido contribuir al desarrollo y la historia de este deporte en mi país.
—¿Qué significó para usted participar como réferi en el aniversario 51 de los taxistas de Cancún?
—Fue un honor y un privilegio. Fue un momento para celebrar la unión y la solidaridad de una comunidad que ha sido parte fundamental de la historia y el desarrollo de nuestra ciudad. Además, poder trabajar junto a mi amigo Supersónico, otra leyenda de la lucha libre en Cancún, hizo que la experiencia fuera aún más especial.
—Después de tantos años en la lucha libre, ¿cómo se siente ahora que ha dejado los cuadriláteros?
—Aunque a veces extraño los días en el ring y las emociones de la lucha, ahora disfruto de una vida más tranquila, rodeado del amor de mi familia y el respeto de mis amigos. Siempre llevaré la lucha en mi corazón y estaré agradecido por todas las experiencias y lecciones que este deporte me ha brindado. Mi legado perdurará en las generaciones venideras, inspirando a aquellos que sueñan con alcanzar las estrellas, recordándoles que, con pasión y determinación, cualquier cosa es posible.
La lucha libre en Cancún inició en Bonfil donde encontró su primera arena de batalla, un espacio donde los sueños se tejían entre las cuerdas del ring y el fervor de los espectadores llenaba el aire. Sin embargo, la ausencia de una plaza adecuada en Cancún limitaba el alcance de este apasionante deporte.
Todo cambió con la inauguración de la plaza de toros “Silverio Pérez”, un hito que marcaría el comienzo de una nueva era para la lucha libre en la región. El ingeniero García de la Torre, dueño de la plaza en ese entonces, recibió un valioso regalo de parte de Liborio Alcocer, conocido como “El Diablo”: un terreno que serviría como cimiento para la nueva arena de la lucha.
Con la generosidad de Alcocer y la visión del ingeniero García de la Torre, la plaza de toros cobró vida, convirtiéndose en el epicentro de la emoción y la acción. Antonio Lomelí, el primer torero en pisar el ruedo.
El debut oficial de la lucha libre cancunense llegó con un enfrentamiento que quedó grabado en la memoria de todos los presentes: René “Copetes” Guajardo, haciendo pareja con Cadáver Primero contra Dos Caras y Carlos García, de Mérida.
Desde aquel día histórico, la lucha libre se ha convertido en parte integral de la identidad cultural de Cancún. Cada encuentro, cada luchador que pisaba el ring llevaba consigo el legado de aquellos pioneros que forjaron el camino en Bonfil y lo extendieron a través de la imponente presencia de la plaza de toros “Silverio Pérez”.





